La casa incendiada: África

01 09 2007

Los condenados de la tierra

No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las “metrópolis” la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam nosotros lanzábamos palabras: “¡Partenón! ¡Fraternidad!” y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: “¡…tenón! ¡…ternidad!” Era la Edad de Oro.

Aquello se acabó: las bocas se abrieron solas; las voces, amarillas y negras, seguían hablando de nuestro humanismo, pero fue para reprocharnos nuestra inhumanidad Nosotros escuchábamos sin disgusto esas corteses expresiones de amargura. Primero con orgullosa admiración: ¿cómo?, ¿hablan solos? ¡Ved lo que hemos hecho de ellos! No dudábamos de que aceptasen nuestro ideal, puesto que nos acusaban de no serles fieles; Europa creyó en su misión: había helenizado a los asiáticos, había creado esa especie nueva. Los negros grecolatinos. Y añadíamos, entre nosotros, con sentido práctico: hay que dejarlos gritar, eso los calma: perro que ladra no muerde.
Vino otra generación que desplazó el problema. Sus escritores, sus poetas, con una increíble paciencia, trataron de explicarnos que nuestros valores no se ajustaban a la verdad de su vida, que no podían ni rechazarlos del todo ni asimilarlos. Eso quería decir, más o menos: ustedes nos han convertido en monstruos, su humanismo pretende que somos universales y sus prácticas racistas nos particularizan. Nosotros los escuchamos, muy tranquilos: a los administradores coloniales no se les paga para que lean a Hegel, por eso lo leen poco, pero no necesitan de ese filósofo para saber que las conciencias infelices se enredan en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de pues, su infelicidad, no surgirá sino el viento. Si hubiera, nos decían los expertos, la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: se habría arruinado el sistema que descansa, como ustedes saben, en la sobreexplotación. Pero bastaría hacerles creer el embuste: seguirían adelante. En cuanto a la rebeldía, estamos muy tranquilos. ¿Qué indígena consciente se dedicaría a matar a los bellos hijos de Europa con el único fin de convertirse en europeo como ellos? En resumen, alentábamos esa melancolía y no nos parecía mal, por una vez, otorgar el premio Goncourt a un negro: eso era antes de 1939.
1961. Escuchen: “No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo. Hace siglos….que en nombre de una pretendida ‘aventura espiritual’ ahoga a casi toda la humanidad.” El tono es nuevo. ¿Quién se atreve a usarlo? Un africano, hombre del Tercer Mundo, ex colonizado. Añade: “Europa ha adquirido tal velocidad, local y desordenada… que va… hacia un abismo del que vale más alejarse.” En otras palabras: está perdida. Una verdad que a nadie le gusta declarar, pero de la que estamos convencidos todos — ¿no es cierto, queridos europeos?

Jean-Paul Sartre

26 06 2008

La invisibilidad de la clase trabajadora

La propia ciudad de Manchester está peculiarmente construida. Una persona puede vivir en ella durante años, ir y venir diariamente por sus calles sin llegar nunca a entrar en contacto con los barrios obreros ni con los propios trabajadores…

Los barrios populares está cuidadosamente separados de las zonas de la ciudad reservadas a las clases medias… Difícilmente podría alguien tener una perspectiva de los distritos realmente obreros desde la calle. Sé perfectamente que este diseño hipócrita lo comparten la mayoría de las grandes ciudades.

Friedrich Engels

Barrio de Dharabi en Bombay

27 08 2008

El duende

«La manera en que experimento el duende surge de mi condición de norteamericano de raza negra, y se puede entender como el proceso de forjar unas sensibilidades al estilo de los blues ante un pasado plagado de condiciones dantescas de muerte social (la esclavitud), muerte cívica (leyes segregacionistas), muerte psíquica (la degradación y la humillación) y muerte espiritual (el nihilismo y la desesperación más absoluta).
[...] Es decir, principalmente sigo las notas de blues que aparecen en la sinfonía estadounidense —los sonidos disonantes que a menudo está ahogados bajo el ruido de las melodías sentimentales de la ideología norteamericana—. Lo irónico de ello es que estas notas de blues y estos sonidos disonantes —el duende en el pensamiento y en la vida de los estadounidenses de raza negra— muestran en realidad el camino hacia una democracia genuina y una libertad sustancial.»

Cornel West


Una respuesta to “La casa incendiada: África”

  1. Dice Daniel Bensaid que el discurso de Alain Badiou se articula, entre otros, alrededor del concepto de verdad, una verdad que estalla en el acontecimiento y que se propaga como una llama avivada por el soplo de un esfuerzo subjetivo siempre inacabado. Porque la verdad, según Badiou, no es asunto de la teoría, sino ante todo una “cuestión práctica”; no la adecuación de un conocimiento a un objeto, sino algo que llega, un punto de exceso, una excepción eventual, “un proceso del que emerge algo nuevo”. Es por ello que “cada verdad es a la vez singular y universal”.
    Existen en efecto verdades, continúa Badiou. Cada una surgió como “una singularidad inmediatamente universalizable”, característica del acontecimiento por el cual adviene. Esta lógica de universalización es decisiva. Porque, cuando renunciamos a lo universal, es siempre para correr el riesgo del “horror universal”. De esta manera los particularismos vindicativos y subalternos permanecen impotentes ante la falsa universalidad despótica del capital, a la cual se debe oponer otra universalidad.
    Pues bien, en estas últimas palabras de Cornel West, en las que refiere la muerte social, cívica, psíquica y espiritual de un determinado “subalterno”, el hombre de raza negra, no se puede dejar de percibir sino la universalidad de una descripción extensiva de la situación de injusticia general en la que se vive, son universales en sus implicaciones pues tal tipo de muerte es ampliable a toda condición de supeditación o servidumbre: la esclavitud bajo una u otra forma, la segregación descarada o enmascarada, la permanente degradación y vida humillante así como el nihilismo y la desesperación en sus diversos grados son la vida diaria de unos y otros colectivos y seres humanos individuales, cuya condición cotidiana es la de subalternidad al poder del otro.

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