LOS MUSULMANES (DER MUSELMANNËR)

Hacia el campo

24 11 2007

Lo que no ocurre (No Event)

En la madrugada del 25 de diciembre de 1996, mientras los niños italianos esperaban la llegada de Papá Noel, frente a las costas de Sicilia se producía el mayor naufragio de la historia de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Procedentes de India, Pakistán y Sri Lanka, 283 inmigrantes morían ahogados en un mar oscuro y tormentoso al pasar de una nave a otra, empujados a culatazos por los traficantes, en lo que debía ser su última escala hacia el paraíso occidental y eso después de un viaje interminable que había durado en muchos casos varios meses, apriscados en bodegas, golpeados y hambreados, trasladados de un barco a otro como latas de conserva o cabezas de ganado. Mientras los 283 inmigrantes se hundían en el mar con sus esperanzas —uno por uno, irrepetibles para sus madres y para sí mismos— también se hundían en el olvido. Denunciado en Grecia el siniestro por algunos aterrorizados supervivien¬tes que habían logrado sustraerse al cautiverio de los traficantes, la noticia de un «presunto» naufragio se publicó en algunos periódicos europeos con las reservas que inspiraba el relato de unos miserables interesados en conmover a nuestra opinión pública y evitar así la expulsión del paraíso. Mientras los parientes de las víctimas (a las que imaginamos siempre solas, aisladas, desprendidas de toda estructura humana, como puras células biológicas sin lazos con el pasado) buscaban angustiosamente noticias de sus seres queridos, y todo el mundo en India, en Pakistán y en Sri Lanka sabía lo que había pasado, nuestros periódicos enterraban la tragedia. Mucho peor: mientras los parientes de las víctimas se afanaban en sus dolorosas pesquisas y hacían llamamientos desesperados a todas las instancias pertinentes, el gobierno de Italia, informado desde el 30 de diciembre, retrasaba, entorpecía y finalmente abandonaba la investigación, tratando de ocultar un hecho que podía perjudicar su posición en la Unión Europea. Y así, el mayor naufragio de la historia de Europa tras la Segunda Guerra Mundial se convertía en un incidente invisible y natural, en un enorme y vacío no-suceso: todos los días caen hojas de los árboles y ruedan piedras de las montañas cuando nadie las mira y lo que sucede bajo el agua a nuestras espaldas —movimientos de algas o erosión de arrecifes— no pertenece a la historia humana. El mayor naufragio de la historia de Europa no había ocurrido nunca.
Pero había otras personas, en el bando —digamos— contrario al de los parientes, que también sabían lo que había pasado; que también sabían que había pasado lo que había pasado. En Portopalo, un pueblecito costero de Sicilia, los pescadores echaban sus redes al mar y sacaban cadáveres; al principio completos, con ojos y cara y todo; después descompuestos o comidos por los peces; luego ya sólo huesos o metonimias duras, briznas de ropa y zapatillas viscosas. Durante meses y meses, los pescadores de Portopalo sacaban cadáveres en sus redes y, tras separarlos de los sargos y rodaballos, los devolvían al mar con la basura. Quizá les resultaba más fácil porque, como bien de-mostraba su tez cetrina, no eran «cristianos» como ellos, pero en todo caso no lo hacían por maldad o con desprecio: presionados por la ley del mercado y la competencia japonesa, no podían perder una jornada de trabajo. Durante meses y meses devolvieron los cadáveres al mar y en Portopalo todo el mundo lo sabía. El cura, el alcalde, los carabinieri, todos en el idílico pueblecito lo sabían y todos callaban, en un pacto de silencio que aseguraba, por encima de razones humanitarias y sagradas tradiciones funerarias, la supervivencia confortable de las familias, dependientes del turismo y de la pesca. Y así el mayor naufragio de la historia de Europa tras la Segunda Guerra Mundial era repetido todos los días, una y otra vez, por los habitantes de Portopalo, que una y otra vez devolvían los cuerpos de las víctimas al mar en el que habían perdido la vida; y todos los días—en un esfuerzo reiterado que formaba ya parte de su trabajo—sumergían su memoria bajo las aguas.
¿Cómo sabemos todo esto? Un heroico pescador llamado Salvatore Lupo —pues heroica es la normalidad moral en una sociedad de agnosia recompensada— se sobrepuso al miedo y a la indiferencia y entregó a un periodista el carnet de identidad del jovencísimo Anpalagan Ganeshu, recuperado del mar, y se prestó a ayudarlo en su investigación, aun a riesgo de convertirse, como así ocurrió, en un paria para sus vecinos. Giovanni Bellu reconstruyó de este modo, al mismo tiempo, el viaje infernal del adolescente de Sri Lanka y del resto de los náufragos y la aventura triste, deprimente y fatalmente reveladora de la investigación. Cuando su estremecedor libro, I fantasmi di Portopalo, se publicó en el año 2004, los habitantes del pueblecito, que habían confesado con inquietante naturalidad la existencia de los cadáveres, expresaron con inquietante naturalidad su contrariedad: no se sintieron avergonzados ni acusados sino que, con el bueno de Don Calogero a la cabeza, trataron de avergonzar y acusar al periodista por haber desprestigiado el nombre y la imagen de la población. Su comportamiento era «natural» y la denuncia del mismo, por el contrario, una agresión inmoral. Devolver cadáveres al mar era un gesto sano y rutinario mientras que tratar de salvar al menos su memoria era, en cambio, un atentado enfermizo contra la paz social.

Este libro (Santiago Alba Rico, Capitalismo y Nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada) reúne textos orgánicamente emparentados, inscritos todos ellos en un mismo horizonte teórico: el análisis y denuncia de lo que he llamado muchas veces el «nihilismo espontáneo de la percepción». Ninguna presentación me parece más sumaria y poderosa que la historia ordinaria y atroz de los pescadores de Portopalo. El doble destino de los inmigrantes a manos de las fuerzas que los condujeron a la muerte y de los apacibles italianos que los devolvían una y otra vez al mar es al mismo tiempo un hecho trágico y una metáfora explicativa. Proporciona, en efecto, la metáfora más completa del sistema capitalista: una economía que produce cadáveres y una sociedad que los devuelve ininterrumpidamente al mar. No hay que ser demasiado duros con los habitantes de Portopalo; nosotros hu¬biéramos hecho lo mismo; nosotros, de hecho, hacemos todos los días lo mismo; y cuando digo «nosotros» lo hago menos paraculpabilizar a los lectores (cuya responsabilidad, como la del autor, es también, en mayor o menor medida, innegable) que para definir el campo de una comunidad espontánea e infligida, de la que todos somos al mismo tiempo transmisores, beneficiarios y damnificados, y para ceñir la monstruosa normalidad de «nuestra» cultura occidental o, más exactamente, de nuestra «civilización» capitalista. El espectador, el consumidor, el turista, el artillero, el banquero: este libro se ocupa de la potencia nihilizadora de una percepción integral, síntesis en el ojo de nuestra economía y nuestra tecnología, que sólo sabe apropiarse de hombres y cosas, que los construye rutinariamente como objeto de exterminio y, más rádicalmente, que los despoja de existencia al mismo tiempo que los mira (como el piloto que sólo fija un blanco para hacerlo desaparecer). Este libro se ocupa, en definitiva, del nihilismo normal, cotidiano, alegre y moralizante, del capitalismo y sus instrumentos de dominación; y de los peligros que entraña para la supervivencia misma de la humanidad.

Santiago Alba Rico

23 02 2008

Los hombres desnudos

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Los hombres desnudos

El musulmán

El hombre de las SS caminaba con lentitud y observaba al musulmán que se dirigía directamente hacia él. Todos nosotros mirábamos con el rabillo del ojo hacia la izquierda para ver lo que iba a pasar. Ese ser idiotizado y sin voluntad, arrastrando sus zuecos de madera, terminó por ir a caer justamente en los brazos del de las SS, que le dio un grito y le propinó un fustazo en la cabeza. El musulmán se paró, sin darse cuenta de lo que había pasado, y cuando recibió un segundo y tercer golpe porque se había olvidado de quitarse la gorra, empezó a hacerse sus necesidades encima, porque tenía disentería. Cuando el SS vio el líquido negro y maloliente que se derramaba sobre los zuecos, se encolerizó terriblemente. Se le echó encima y le dio patadas y patadas en el abdomen, y, una vez que el desventurado había caído ya sobre sus propios excrementos, siguió golpeándole en la cabeza y el tórax. Al primer golpe se dobló y después de otro par de golpes estaba ya muerto.

Z. Ryn y S. Klodzinski

Los no-hombres (el hombre desnudo)

Los no-hombres. El hombre desnudo

El musulman no le daba pena a ninguno, ni podía esperar contar con la simpatía de nadie. Los compañeros de prisión, que temían continuamente por su vida, ni siquiera le dedicaban una mirada. Para los detenidos que colaboraban, los musulmanes eran fuente de rabia y preocupación, para las SS sólo inútil inmundicia. Unos y otros no penaban más que en eliminarlos, cada uno a su manera.

Z. Ryn y S. Klodzinski

Los hundidos

Todos los musulmanes que van al gas tienen la misma historia o, mejor dicho, no tienen historia; han seguido por la pendiente, hasta el fondo, naturalmente, como los arroyos que van a dar a la mar. Una vez en el campo, debido a su esencial incapacidad, o por desgracia, o por culpa de cualquier incidente trivial, se han visto arrollados antes de haber podido adaptarse; han sido vencidos antes de empezar, no se ponen a aprender alemán ni a discernir nada en el infernal enredo de leyes y de prohibiciones, sino cuando su cuerpo es ya una ruina, y nada puede salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento. Su vida es breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Muselmannër, los hundidos, el nervio del campo; ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, no hombres que marchan y penan en silencio, apagado en ellos el brillo divino, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamar muerte a su muerte, frente a la cual no albergan temor porque están demasiado cansados para comprenderla. Pueblan mi memoria con su presencia sin rostro, y si pudiera encerrar todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta imagen que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y la espalda encorvada, en cuyos ojos no se puede leer ni rastro de pensamiento.

Los hundidos

Primo Levi

Los centros de detención

En Argentina los primeros CCD (Centros Clandestinos de Detención) fueron instalados en 1975, antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976. En ese año ya estaban en funcionamiento la Escuelita en Faimallá (Tucumán) y el Campito (Provincia de Buenos Aires). También en 1975 funcionó un CCD en la planta de la empresa Acindar en Villa Constitución, presidida por José Alfredo Martínez de Hoz, como parte de la estructura represiva organizada para contener la huelga declarada por el sindicato UOM en mayo de ese año.

En 1976 llegaron a existir 610 CCD, pero muchos de ellos fueron temporarios y circunstanciales. Luego de los primeros meses posteriores al golpe de estado, la cifra se estabiliza en 364 CCD. En 1977 la cantidad se reduce a 60. En 1978 hay 45 CC, y para 1979 los centros llegan a 7. En 1980 quedaban dos: la ESMA y el Campito (Campo de Mayo). En 1982 y 1983 la ESMA era el único campo de concentración que seguía siendo utilizado (Seoane 2001, 227/228).

En Buenos Aires hubo 60 centros, en la provincia de Córdoba 59 y en Santa Fe 22.

Cinco grandes centros fueron el eje de todo el sistema: la ESMA y Club Atlético en la Ciudad de Buenos Aires; el Campito (Campo de Mayo) y el Vesubio en el Gran Buenos Aires (Provincia de Buenos Aires); y la Perla en Córdoba.

A pesar de sus diferencias, los CCD fueron organizados con una estructura y un régimen de funcionamiento similar. Todos los CCD contaban con una o más salas de torturas, amplios espacios para mantener a los desaparecidos siempre en condiciones de gran precariedad, y un centro de viviendas para los torturadores y guardias. Casi todos tenían algún tipo de servicio médico. En algunos casos hubo servicios religiosos permanentes para el personal militar.

Interior del centro de detención de La Perla (Córdoba)

Interior del centro de detención de La Perla (Córdoba)

Los Grupos de Tarea (GT, también conocidos como “patotas”) estaban encargados de realizar los secuestros, generalmente de noche. Inmediatamente los detenidos-desparecidos eran llevados al CCD correspondiente, donde permanecían constantemente encapuchados y esposados. Inmediatamente eran severamente torturados e interrogados por los mismos integrantes de los GT. El tiempo de este período inicial de tortura variaba considerablemente, pero en términos generales puede decirse que oscilaba entre uno y dos meses. Con posterioridad a ese período inicial de tortura-interrogatorio, se disponía:

Memoria histórica
  • el asesinato del detenido-desaparecido o detenida-desaparecida. En todos los CCD se utilizó el mismo eufemismo para referirse al asesinato del detenido-desaparecido: “el traslado”. Los métodos utilizados para el asesinato y desaparición de los cadáveres variaron desde los llamados vuelos de la muerte, los fusilamientos en masa, fosas comunes, tumbas NN, incineración de cadáveres, etc.
  • el blanqueo: se legalizaba al detenido-desaparecido y se lo ponía a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. A partir de 1980, de esta situación, podía derivar la deportación y el exilio, por el uso de la opción constitucional (Art. 23), o el enjuiciamiento por tribunales militares y la condena a prisión.
  • la libertad.
  • la continuidad como detenido-desaparecido, por razones variadas (utilización como esclavos, colaboradores, rehenes, etc.).

Durante su permanencia en el CCD se procedía sistemáticamente a la deshumanización de los detenidos-desaparecidos mediante diversos procedimientos: sustitución del nombre por un número, violaciones, animalización, humillación, hacinamiento, condiciones intolerables de alojamiento, desnudez forzada, racismo, antisemitismo, homofobia, etc.

También existió una política y un procedimiento común para las detenidas-desaparecidas que se encontraban embarazadas. En ese caso se postergaba el asesinato y se producía un parto clandestino con supresión de la identidad del bebé quien era entregado para su crianza a personas íntimamente vinculadas al sistema represivo, y en algunos casos partícipes del asesinato del padre y/o madre biológico.

Campos de detención en Europa

Campos de detención en Europa

Una barcaza con unos trescientos indocumentados arribó este domingo de madrugada a la costa sureste de Malta, entre los municipios de Marsaxlokk y Birzebbuga, lo que supone el mayor desembarco de inmigrantes de los últimos años en el país.

Los inmigrantes, todos procedentes de África, desembarcaron alrrededor de las 05.30 al sureste de la mayor de las islas que componen este país insular en medio del Mediterráneo, y varios habitantes de la zona advirtieron de su presencia a las autoridades locale. La Policía estableció un pasillo para llevar a los indocumentados hasta los autobuses que los transportaron a centros de detención de la isla.

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Centro de detención

El pasado mes de diciembre las autoridades maltesas tuvieron que rescatar a 139 y 161 inmigrantes que se dirigían en sendas barcazas a sus costas. El fenómeno de la inmigración ilegal en esta zona del Mediterráneo se ha intensificado desde finales de diciembre, cuando la cercana isla italiana de Lampedusa, un poco más al sur que Malta, recibió un auténtico aluvión de más de un millar de indocumentados en sus costas.

EFE - Roma – 01/02/2009

Los inmigrantes se enfrentan a una crisis humanitaria en Mytilini, Grecia

MSF denuncia la inadecuada atención médica y las condiciones de vida en el centro de detención de inmigrantes en la isla de Mytilini, Grecia, dos meses después de que MSF lanzara el proyecto que pretende dar asistencia médica, psicosocial y ayuda humanitaria a esta población. La situación se agrava por la inefectividad de las autoridades para asegurar la mínima mejora de las infraestructuras. Además, los equipos de MSF se enfrentan a dificultades a la hora de acceder a las salas de detención y a los pacientes, lo que está provocando el deterioro a la hora de dar asistencia humanitaria. En el centro de detención donde, según las autoridades no hay capacidad para más de 400 personas, hay actualmente 800.

La atención médica a las personas que lo necesitan, especialmente a grupos vulnerables, es insuficiente a la hora de hacer el diagnóstico, seguimiento y sistema de referencia. Las condiciones de vida están empeorando. MSF pide a las autoridades involucradas a que tomen medidas inmediatamente.

Campo

Campo

Los reclusos viven en salas llenas de aguas estancadas con un acceso inadecuado a duchas y letrinas. Sólo hay una letrina que funciona para 100 personas. Estas salas no se han limpiado de forma adecuada en los últimos dos meses. A los reclusos solo se les permite salir de las sala ocasionalmente y el personal del centro de detención no está capacitado para responder a sus necesidades. Los reclusos se quedan encerrados en las salas sin acceso básico a las instalaciones donde puedan cuidar su higiene personal y protegerse de enfermedades contagiosas”, enfatiza Yiorgos Karayiannis, coordinador general de MSF en Grecia.

MSF, Julio 2008


3 comentarios to “LOS MUSULMANES (DER MUSELMANNËR)”

  1. Nada de esto puede entenderse sin tener en cuenta el espíritu alemán que lo organizó:

    “Alemania no sólo ha sido siempre un estado de clases, sino que, dentro de este espíritu de castas, llevaba la carga de una sobrestimación y endiosamiento inconmovibles de la cultura [...] Esta arrogancia cultural, más que cualquier otra cosa, indujo a los intelectuales alemanes a seguir viendo en Hitler al agitador de las cervecerías, que jamás podría constituir un peligro serio, cuando ya hacía tiempo que había conquistado colaboradores poderosos en los círculos más diversos [...] Durante la República de Weimar, todos los valores vitales se habían transformado, y no sólo en lo material. Berlín era la Babel del mundo y los alemanes aportaron a la perversión toda su pasión y su manía por sistematizar. De todos se apoderó una especie de demencia, especialmente en los círculos burgueses. La libertad inicial de aquella época acabó lamentablemente en una espantosa fealdad en la época de la inflación. En realidad era evidente que los alemanes no soportaban la libertad y sólo anhelaban orden, tranquilidad, seguridad y vida burguesa. Y odiaban la República; no porque reprimiera esa libertad, sino todo lo contrario: porque aflojaba demasiado las riendas. Quien vivió aquellos años apocalípticos, sabía que tarde o temprano se produciría una reacción cruenta [...] porque el pueblo alemán, un pueblo de orden, no sabía que hacer con la libertad y ya esperaba con impaciencia a quien pudiera quitársela; a sentar en el poder a los verdugos.
    Así, el triunfo más diabólico de Hitler fue, mediante la exasperación constante, debilitar todo concepto de justicia: el placer por el martirio público de los débiles, los tormentos psíquicos, la crueldad más refinada. En una época más tranquila y no moralmente cansada como la nuestra, se leerán con horror los crímenes que emanaron de Berlín, la ciudad culta, dirigidos por un fanático del odio.”

    Stefan Zweig, EL MUNDO DE AYER.

  2. Impresionante

  3. qué horror

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